Jean-François Revel

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La Casa vacía de Jean-François Revel

Jean-François Revel fue enterrado, el 5 de mayo de este año 2006, en el cementerio parisino de Montparnasse, donde reposan otros ilustres intelectuales franceses del siglo pasado como Sartre o Aron. Serenamente vivió sus últimos días en el hospital, acompañado por su hijo, el monje budista Matthieu Ricard, quien así lo ha testimoniado, por Claude Sarraute, su segunda mujer, y por el ensayista Olivier Todd.

Revel abre sus Memorias: El ladrón en la casa vacía, confesando una íntima convicción suya que mueve a la perplejidad: “Pero apenas hay día en que, estando a la mesa, en la cama, en la calle, en la playa, no deje escapar un ronco gemido de pesar y de vergüenza. Es que -continúa Revel- vuelve a morderme el recuerdo de una fatal torpeza, de alguna reacción vulgar, de alguna mentira vil, de una fanfarronada ridícula cometidas por mí hace mucho tiempo, hace poco o anteayer”.

Pues bien, los sentimientos de cuantos han frecuentado sus trabajos y sus días son precisamente los opuestos: no hay ocasión en que, al leer sus escritos o al tomar conocimiento de sus apuestas intelectuales y vitales, la reacción no sea sino la de una profunda estima y gratitud.

Y estos sentimientos se han convertido en razones, se han transformado en la razón primordial que estos últimos meses convoca a cuantos han venido testimoniándole su reconocimiento ante tantas pruebas de rigor intelectual, de respeto a la verdad y de coraje cívico.

Gracias al ejercicio íntegro de la inteligencia, gracias a no pasar por movimiento mal hecho, Jean-François Revel ha constituido, en el último medio siglo, una referencia lúcida e insobornable en el análisis de la política europea e internacional y en el examen de las ideologías.

En virtud de su respeto a la verdad, Revel ha visto cumplidamente encarnado en su persona aquel ruego de Paul Claudel : “Je ne demande q’une seule chose: voir clair, bien voir les choses comme elles sont, et non comme je les désire” .

En fin, con valentía personal, y con una escritura eficacísima, adornada de un humor genuino, Revel -que siempre se ha definido como persona de izquierda- ha expuesto y defendido sin desmayo aquellas conclusiones a las que le conducían el cultivo de la inteligencia y de la verdad.

Siendo persona de figura tan pública como franca, sin recovecos, no está de más recordar los aspectos más destacados de su vida. Hasta el bachillerato fue alumno de los jesuitas en Marsella, donde nació en 1924; y, casi enteramente a esa circunstancia, atribuye haber perdido pronto la fe, de manera que ya educó a sus hijos en la escuela laica, si bien criticó siempre que ésta limitara su asepsia al ámbito de las creencias, abriéndose frívolamente a la politización y traicionando así su genuina naturaleza, a saber, la neutralidad que no se subordina a ningún dogma, ni religioso ni político.

Durante la ocupación alemana, fue alumno de la veterana Escuela Normal Superior y participó, desde sus dieciocho años, en la Resistencia, con el sobrenombre de Ferral (mientras el futuro líder del comunismo francés, Marchais, mantenía actitudes cercanas al invasor y el del socialismo, Mitterrand, titubeaba).

A los 21 años, recién casado e influido por su mujer, entra en el círculo de un extraño gurú georgiano, Gurdjeff, que predica con seducción irresistible una mediocre doctrina esotérica de inspiración oriental y que exige a sus discípulos, en su mayoría gentes notables de la sociedad parisina, el pago mensual de una cuota acorde con sus ingresos; aquella experiencia, que juzgó luego como degradante, le permitió descubrir –e inmunizarse para siempre contra ellos- los mecanismos de la convicción totalitaria, que define literalmente como “la aptitud de los hombres para persuadirse de la verdad de cualquier teoría, para construir en sus cabezas un aparato justificativo de cualquier sistema, hasta el más extravagante, sin que la inteligencia y la cultura sean capaces de obstaculizar tal intoxicación ideológica”. Y quizá por ello, su militancia en el Partido Comunista Francés duró tan solo tres días.

Ya como profesor y luego catedrático de instituto de Filosofía, se dedica durante quince años a la enseñanza, en muy varios destinos de la extraordinaria red de liceos que tiene Francia tanto en el país como en el extranjero. De su paso por México (1950-1952) y Florencia (1952-1956) guardará para siempre el conocimiento, el afecto y el interés por la lengua y la cultura italiana e hispánica, lo que le convierte en uno de los intelectuales franceses de más amplio dominio lingüístico, pues ya manejaba el alemán, el inglés y el portugués, y había frecuentado en sus versiones originales a los clásicos griegos y latinos. En México, ciudad entonces más cosmopolita que París o Roma, según su opinión, estimó en mucho a Alfonso Reyes, “príncipe del ensayo”, y la inteligencia de Octavio Paz, “el más grande de los escritores mexicanos de nuestra época”, pero también a algunas figuras del exilio español, como Álvaro Custodio y Luis Buñuel. Revel declara que la hispanidad quedó en su mente y en su corazón, de manera que adoptó la costumbre de leer “todos los días dos diarios en lengua castellana y cuando me faltan, me siento en el exilio”. En Florencia recuperó “la alegría de ser de nuevo soltero”, la frecuentación del “mundus mulieribus” y “la vida en el hotel, modelo de felicidad”, rompiendo con un matrimonio precoz que veía con rencor por haberle despojado de la libertad de la juventud, mientras le acarreaba innumerables dificultades materiales. Revel siempre tuvo horror por la familia y sus obligaciones y él mismo se sorprendió al verse arrasado por las lágrimas cuando, destinado en México, leyó en un taxi la carta que le comunicaba la muerte de su padre.

A los treinta tres años, publica con gran éxito su primer ensayo, Pourquoi des philosophes? A punto de cumplir los cuarenta, abandona la enseñanza y se consagra a su carrera de escritor (publicará más de treinta libros), periodista (director de L’Express y editorialista de Le Point) y editor; una vida, en fin, dedicada a las letras, que lo llevará a la Academia Francesa, entre los inmortales, rebasados ya los setenta años. Murió el 29 de abril de 2006, a los ochenta y dos.

Es este el panorama de una trayectoria que acertó a conciliar un ejercicio vital, epicúreo y humorado de la existencia con el cultivo sobresaliente de la docencia, el pensamiento y el periodismo.

A Revel le debemos la anticipación, en fecha muy temprana, del triunfo de la revolución liberal sobre la socialista (Ni Marx ni Jesús, 1970), el diagnóstico de la seducción de los totalitarismos (La tentación totalitaria, 1976), de la naturaleza del terrorismo (El terrorismo contra la democracia,1987), su denuncia de cómo pervive en las reivindicaciones actuales el lastre de ideologías fracasadas trágicamente (La gran mascarada, 2000), su análisis del antiamericanismo (La obsesión antiamericana, 2002), sus observaciones sobre el odio que suscita la libertad, su denuncia de la irracionalidad de quienes, más que equivocarse, perseveran a sabiendas en el error, sin que su excepcional valía intelectual les prevenga de esa secreta aspiración a la esclavitud moral, o de cómo cierta ayuda al desarrollo acaba convirtiéndose en ayuda a las tiranías corruptas. Y, en otro orden de cosas, Revel ha descollado también en la literatura gastronómica (Un festín de palabras, 1979) y como crítico de arte (L’Oeil et la connaissance. Écrits sur l’art, 1998).

Quizá hoy día, a la altura de este nuevo siglo XXI recién estrenado, a muchos les parezca trivial que alguien considere como aportaciones igualmente reprobables a la historia universal de la infamia tanto la “solución final” nazi como el “gulag” soviético; pero, en pleno siglo pasado, consignar esa realidad y denunciar, como indigna y cobarde, la actitud de quienes -en el trance de aplaudir las ideologías que las sustentaban- colaboraron en justificar o negar una u otra barbarie, constatar y denunciar ambas cosas, entrañaba en aquella época un ejercicio inusitado de coraje.

Durante varios lustros, la cuestión central era, como dice el propio Revel, “escoger entre América y la URSS, entre los partidarios y los adversarios del Pacto Atlántico, del Plan Marshall, de la Europa del futuro (…) las tres cuartas partes de los intelectuales franceses y europeos, en tal coyuntura, habían optado con fogosidad por el suicidio de la democracia y la asfixia del pensamiento”. Y añade en otro momento: “En el debate de las ideas durante la segunda mitad del siglo XX, la historia ha dado la razón a Octavio Paz, Carlos Rangel y Mario Vargas Llosa, contra Raul Prebisch, Fidel Castro y Gabriel García Marquez”. La lista de las excepciones valientes podría ampliarse, por no salir del ámbito hispano, con nombres como los de Julián Marías, Semprun o Arrabal, pero debería incluir siempre, coronándola, la de aquellos intelectuales disidentes que, desafiando el castigo, la tortura o la muerte, luchaban por la libertad, denunciando la verdadera naturaleza del régimen que así los amenazaba; baste un nombre, el de Jan Patocka.

La denigración de la persona y el ostracismo respecto del ámbito intelectual y universitario preponderante era, entonces, como bien nos ha contado Revel de su maestro Raymond Aron, o como ha acontecido con su amigo Mario Vargas Llosa, la respuesta inmisericorde surgida -se estremece uno al recordarlo- de la propia sociedad abierta. De esa intelectualidad pretendidamente libre que, al no poder rebatir las conclusiones lúcidas de Revel, sustentadas siempre en un acopio exhaustivo de datos, optaban por estigmatizarlo como derechista ultramontano, a él que con dieciocho años luchó en la Resistencia al nacionalsocialismo. Revel se acogía entonces a la frase de Jorge Semprun en Federico Sánchez se despide de ustedes: “De todas maneras, estoy hecho a ser tratado como un hombre de derechas por todo tipo de imbéciles”.

La trayectoria del ensayista francés es ejemplar e irreprochable: en la gran disyuntiva ideológica y en el trance del compromiso vital e intelectual del pasado siglo, no era a Revel, según esa confesión suya que abre estas líneas, al que le correspondía gemir de vergüenza y pesar, salvo que deseara purgar en su ánimo el karma oscuro de algunos de sus coetáneos, algunos de ellos sí, con apuestas biográficas de muy escasa fibra ética.

Afortunadamente hoy, pese a las inercias, es sin duda amplia y extendida la comunidad de gentes que en esta sociedad globalizada se juzgan deudoras con Revel y se sienten por tanto solidarias con los homenajes que hoy se le tributan; son aquellos individuos que se reconocen en el valor universal de su obra -la defensa de la libertad y de la democracia- y en la admiración por esas virtudes que acabo de enumerar: inteligencia, verdad y valentía.

Acaso existe un método Revel que facililite, ya que nada puede garantizarlo, un amplio grado de acierto a la hora de analizar la realidad y de defender las conclusiones del caso? De su obra, escogemos algunas propuestas y deducimos otras: en el trabajo intelectual, ir siempre a las fuentes, por la superioridad del original sobre la glosa y para desembarazarse del conocimiento inútil y la información manipulada; en el trato con esas fuentes, hacer prenda de lo que en ellas se dice o declara, no transigiendo con quienes (aun siendo los autores de tales palabras), pretenden, a posteriori, prohibir su lectura literal, para imponer sus interpretaciones espurias; en el esfuerzo por hacerse con una verdadera cultura, optar preferentemente por las vías oblicuas, sin por ello desdeñar las vías canónicas; primar la intuición, en el sentido etimológico del término, esto es, “ver” antes de inducir o deducir; luego, no oponerse a lo evidente; resistir la intimidación del entorno, que se presenta en forma de gran reputación intelectual, de revista o periódico bienpensante; no ceder en punto a ideas, gustos y sentimientos; huir de las capillas; practicar la persuasión indirecta, que consiste en llevar al lector a la ilusión de que descubre por sí mismo aquello que en realidad se le está apuntando; a la hora de escribir un artículo, es lícito pensar en el lector, pero en el caso de un libro, la disposición de ánimo es la contraria: escribir para sí mismo, ligado a una fuente que se halla tan solo en uno mismo; procurar el servicio a la verdad o, al menos, el firme propósito de servirla; si se opta por la polémica, acudir a ella sin reticencias, con caridad tampoco, pero sí con humor; en fin, “el frescor del trabajo matinal, que ha sido siempre mi preferido”.

Debemos concluir evocando la vinculación de Revel con España, pues es cierto que además de esa universal estimación que se le debe al personaje, merece Jean-François Revel un reconocimiento específicamente español. En efecto, la proximidad al mundo hispánico, desde su lejano destino como profesor y agregado cultural en México, ha permitido a Revel entender directamente, sin necesidad de traducción, el acontecer político de nuestra historia reciente. Sin embargo, no se ha limitado a entender ese acontecer, sino que entonces se propuso también explicarlo e incluso participar en él, desde su tribuna de periodista y escritor.

Es obligado recordar que Revel, en una hora temprana, frente al recelo y cautelas de tantos, quiso ofrecer su colaboración a los medios que en la España de entonces más destacaron en la recuperación de las libertades, como Cambio 16, en un gesto de lucidez y también de simpatía; inauguró así una presencia intelectual y periodística que ha sido recurrente en la prensa española hasta casi el día de hoy.

Pero, aún más, por fidelidad a sus convicciones más profundas, tuvo también la hombría de defender, en aquella Europa todavía estática ante nuestros requerimientos, la legitimidad de nuestras preocupaciones esenciales.

Revel abogó en aquellos años por la pronta incorporación de nuestro país a las instituciones europeas y occidentales, siendo valedor, ante los reticentes, de la sinceridad de nuestra apuesta por la democracia.

Revel fue, en sus colaboraciones periodísticas desde la segunda mitad de los años setenta, el intelectual francés -y quizá europeo- que denunció, el primero y en solitario, la insolidaridad internacional ante la lucha de España contra el terrorismo. Estremece releer este párrafo suyo de 1980, aunque ya es historia: “Imaginemos que existe en Francia una poderosa organización terrorista que lucha por la independencia de Alsacia, cuyos miembros cometen de media un atentado al día y matan un centenar de personas al año. Imaginemos que esos terroristas tienen sus bases en Alemania…donde se repliegan para escapar a la policía francesa, donde viven a la vista de todos. Imaginemos en fin que las autoridades alemanas rechazaran ayudar al gobierno francés (…) Acaso París aceptaría tal espantada, acaso dudarían nuestro gobierno, parlamento, nuestro pueblo, a la hora de acusar a Bonn de complicidad, cobardía, egoísmo, irresponsabilidad europea? Esta es, sin embargo, la forma en que Francia se comporta con España respecto del terrorismo vasco”.

Hoy día, en que esa colaboración internacional contra el terror se proclama como uno de los desafíos primordiales de la sociedad mundial, es preciso reconocer que Revel ya la exigía hace más de veinticinco años, una prueba más de cómo la inteligencia respetuosa de la verdad es un instrumento, el mejor, para la predicción del porvenir.

En fin, esa vinculación de Revel con nuestro país se ha acercado ya a los treinta años; tiene pleno sentido recordar que, en este caso, España sí ha sabido ser agradecida con su trayectoria; entre los miles de libros y pertenencias de su casa ya tristemente vacía se encuentra la Gran Cruz de Isabel la Católica, concedida, en mayo de 2003, precisamente por aquella real persona que encarna la memoria y la continuidad de todo ese devenir histórico.

Pedro Calvo-Sotelo

Revista de Occidente, nº 308, Enero 2007, 121-129

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